viernes, 5 de enero de 2018

La festividad de la Epifanía del Señor:

Blog Católico de Javier Olivares, jubilado

La festividad de la Epifanía del Señor


¡FE PARA OCCIDENTE!   
Por Javier Leoz

1.- Celebramos la festividad de la Epifanía del Señor: manifestación del Señor a todos los pueblos. Una celebración, solemne y espectacular en Oriente, y no menos debe de serlo en la Iglesia y realidad de Occidente. ¿Por qué? Ni más ni menos porque, la fe cristiana, es un legado de casi veinte siglos. Una herencia que, en la noche de nuestra historia, ha sabido iluminar y dar color con la estrella de la fe, al arte, la pintura, la sociedad, la música y ha diseñado la forma de entender y de comprender la misma vida.

2.- Por ello mismo, la Epifanía, tiene total vigencia en medio de nosotros. Frente aquellos que no admiten ningún tipo de manifestación religiosa, nosotros los cristianos, daremos razón de nuestra fe; nos pondremos en camino; seguiremos la estrella de la fe –y no a los cortocircuitos ideológicos-; miraremos por encima de nosotros mismos para recibir la luz que baja del cielo y percibir que Dios sigue vivo, operante, comprometido por la causa del hombre.
*Jesucristo, hoy como entonces, tropieza con muchos “Herodes” a los cuales les molesta su presencia. Quieren un reino a su antojo; sin más ética que el bienestar particular o la simple estética; con pensamiento único y sin más referencia que el puro y duro nihilismo, pragmatismo o humanismo.

*Jesucristo, hoy como entonces, sigue estando escondido a los ojos de muchos poderosos, y sigue siendo desconocido por millones de hombres y de mujeres que, ajenos al acontecimiento de su Nacimiento, esperan que alguien les lleve una palabra, una referencia sobre El. ¿Seremos nosotros “epifanía” de Dios en el mundo?

3.- Tenemos que ser “epifanía” en el medio en el cual nos desenvolvemos. Hay muchos de los nuestros que olvidaron el amor que Dios les tiene. Convivimos con familiares a los cuales, los nuevos “herodes” del consumo, el laicismo, el materialismo o de la apariencia, han podido con el Niño que llevaban en su corazón. *¿Seremos capaces de encontrar esa estrella que nos conduzca, junto con los que más queremos, a los umbrales del Portal de Belén?

*¿Seremos epifanía o negación de Dios? ¿Seremos manifestación u obstáculo a su presencia? ¿Le daremos vida o lo aniquilaremos con nuestra timidez apostólica? Interrogantes que, en este día de los Reyes Magos, nos exigen una respuesta.

4.- Me gusta el día de Epifanía porque, entre otras cosas, los Magos no se quedaron a las puertas del castillo de Herodes; porque supieron distinguir entre el bien y el mal; entre la traición y la bondad; entre la estrella y los ojos excesivamente iluminados por el mal, en Herodes. Prefirieron fiarse y seguir la luz de la fe, la luz de Dios aún a riesgo de ser tomados por ingenuos. Y, cuando regresaron a sus reinos, lejos de encontrarlos arruinados, los enriquecieron poniendo a Dios por encima de todo.

Abramos también nosotros el corazón. Sintamos la presencia del Dios Niño en la gruta de nuestras almas. Dejemos que, la estrella de la fe, nos siga conduciendo por los caminos de nuestra vida y que, al final, podamos ofrecer al Señor todo lo que somos y tenemos. ¡Feliz manifestación de Dios a todos los pueblos! ¡Seamos epifanía!

viernes, 29 de diciembre de 2017

Día litúrgico: 29 de Diciembre Evangelio (Lc 2,22-35): (Día quinto, octava de Navidad)

Blog Católico de Javier Olivares, jubilado


Felicitación de la Navidad  y Año Nuevo
 del P. Francisco Javier Olivares Chao
Franja.


Día litúrgico: 29 de Diciembre
 (Día quinto de la octava de Navidad)

Texto del Evangelio (Lc 2,22-35): Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones».

Comentario del P.
Chanoine Dr. Daniel MEYNEN
(Saint Aubain, Namur, Bélgica)

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«Ahora, Señor, puedes (...) dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación»

Hoy, 29 de diciembre, festejamos al santo Rey David. Pero es a toda la familia de David que la Iglesia quiere honrar, y sobre todo al más ilustre de todos ellos: ¡a Jesús, el Hijo de Dios, Hijo de David! Hoy, en ese eterno “hoy” del Hijo de Dios, la Antigua Alianza del tiempo del Rey David se realiza y se cumple en toda su plenitud. Pues, como relata el Evangelio de hoy, el Niño Jesús es presentado al Templo por sus padres para cumplir con la antigua Ley: «Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor» (Lc 2,22-23).

Hoy, se eclipsa la vieja profecía para dejar paso a la nueva: Aquel, a quien el Rey David había anunciado al entonar sus salmos mesiánicos, ¡ha entrado por fin en el Templo de Dios! Hoy es el gran día en que aquel que San Lucas llama Simeón pronto abandonará este mundo de oscuridad para entrar en la visión de la Luz eterna: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos» (Lc 2,29-32).

También nosotros, que somos el Santuario de Dios en el que su Espíritu habita (cf. 1Cor 3,16), debemos estar atentos a recibir a Jesús en nuestro interior. Si hoy tenemos la dicha de comulgar, pidamos a María, la Madre de Dios, que interceda por nosotros ante su Hijo: que muera el hombre viejo y que el nuevo hombre (cf. Col 3,10) nazca en todo nuestro ser, a fin de convertirnos en los nuevos profetas, los que anuncien al mundo entero la presencia de Dios tres veces santo, ¡Padre, Hijo y Espíritu Santo!

Como Simeón, seamos profetas por la muerte del “hombre viejo”! Tal como dijo el Papa San Juan Pablo II, «la plenitud del Espíritu de Dios viene acompañada (…) antes que nada por la disponibilidad interior que proviene de la fe. De ello, el anciano Simeón, ‘hombre justo y piadoso’, tuvo la intuición en el momento de la presentación de Jesús en el Templo».


 Comentario del 
Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart
(Tarragona, España)

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«Han visto mis ojos tu salvación»

Hoy contemplamos la Presentación del Niño Jesús en el Templo, cumpliendo la prescripción de la Ley de Moisés: purificación de la madre y presentación y rescate del primogénito.

La situación la describe san Josepmaría Escrivá, en el cuarto misterio de gozo de su libro Santo Rosario, invitando a involucrarnos en la escena: «Esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. —¿Te fijas? Ella —¡la Inmaculada!— se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?

»¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! —Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. —Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón».

Vale la pena aprovechar el ejemplo de María para “limpiar” nuestra alma en este tiempo de Navidad, haciendo una sincera confesión sacramental, para poder recibir al Señor con las mejores disposiciones. Así, José presenta la ofrenda de un par de tórtolas, pero sobre todo ofrece su capacidad de sacar adelante, con su trabajo y con su amor castísimo, el plan de Dios para la Sagrada Familia, modelo de todas las familias.

Simeón ha recibido del Espíritu Santo la revelación de que no moriría sin ver a Cristo. Va al Templo y, al recibir en sus brazos lleno de alegría al Mesías, le dice: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación» (Lc 2,29-30). En esta Navidad, con ojos de fe contemplemos a Jesús que viene a salvarnos con su nacimiento. Así como Simeón entonó el canto de acción de gracias, alegrémonos cantando delante del belén, en familia, y en nuestro corazón, pues nos sabemos salvados por el Niño Jesús.



30 de Diciembre (Día sexto de la octava de Navidad) Texto del Evangelio (Lc 2,36-40):

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Felicitación de la Navidad 
del P.Javier Olivares Chao
Franja

Día litúrgico: 30 de Diciembre 
(Día sexto de la octava de Navidad)

Texto del Evangelio (Lc 2,36-40): Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Comentario del 
Rev. D. Joaquim FLURIACH i Domínguez
(St. Esteve de P., Barcelona, España)

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     «Alababa a Dios y hablaba del Niño a todos»

Hoy, José y María acaban de celebrar el rito de la presentación del primogénito, Jesús, en el Templo de Jerusalén. María y José no se ahorran nada para cumplir con detalle todo lo que la Ley prescribe, porque cumplir aquello que Dios quiere es signo de fidelidad, de amor a Dios.

Desde que su hijo —e Hijo de Dios— ha nacido, José y María experimentan maravilla tras maravilla: los pastores, los magos de Oriente, ángeles... No solamente acontecimientos extraordinarios exteriores, sino también interiores, en el corazón de las personas que tienen algún contacto con este Niño.

Hoy aparece Ana, una señora mayor, viuda, que en un momento determinado tomó la decisión de dedicar toda su vida al Señor, con ayunos y oración. No nos equivocamos si decimos que esta mujer era una de las “vírgenes prudentes” de la parábola del Señor (cf. Mt 25,1-13): siempre velando fielmente en todo aquello que le parece que es la voluntad de Dios. Y está claro: cuando llega el momento, el Señor la encuentra a punto. Todo el tiempo que ha dedicado al Señor, aquel Niño se lo recompensa con creces. —¡Preguntadle, preguntadle a Ana si ha valido la pena tanta oración y tanto ayuno, tanta generosidad!

Dice el texto que «alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Lc 2,38). La alegría se transforma en apostolado decidido: ella es el motivo y la raíz. El Señor es inmensamente generoso con los que son generosos con Él.

Jesús, Dios Encarnado, vive la vida de familia en Nazaret, como todas las familias: crecer, trabajar, aprender, rezar, jugar... ¡“Santa cotidianeidad”, bendita rutina donde crecen y se fortalecen casi sin darse cuenta la almas de los hombres de Dios! ¡Cuán importantes son las cosas pequeñas de cada día!


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Día litúrgico: 28 de Diciembre: Los Santos Inocentes, mártires

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Día litúrgico: 28 de Diciembre:
 Los Santos Inocentes, mártires

Texto del Evangelio (Mt 2,13-18): Después que los magos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al Niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al Niño para matarle». Él se levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».

Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen».


Rev. D. Joan Pere PULIDO i Gutiérrez,
 Secretario del obispo de Sant Feliu
(Sant Feliu de Llobregat, España)

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«Se levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se retiró a Egipto»

Hoy celebramos la fiesta de los Santos Inocentes, mártires. Metidos en las celebraciones de Navidad, no podemos ignorar el mensaje que la liturgia nos quiere transmitir para definir, todavía más, la Buena Nueva del nacimiento de Jesús, con dos acentos bien claros. En primer lugar, la predisposición de san José en el designio salvador de Dios, aceptando su voluntad. Y, a la vez, el mal, la injusticia que frecuentemente encontramos en nuestra vida, concretado en este caso en la muerte martirial de los niños Inocentes. Todo ello nos pide una actitud y una respuesta personal y social.

San José nos ofrece un testimonio bien claro de respuesta decidida ante la llamada de Dios. En él nos sentimos identificados cuando hemos de tomar decisiones en los momentos difíciles de nuestra vida y desde nuestra fe: «Se levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se retiró a Egipto» (Mt 2,14).

Nuestra fe en Dios implica a nuestra vida. Hace que nos levantemos, es decir, nos hace estar atentos a las cosas que pasan a nuestro alrededor, porque —frecuentemente— es el lugar donde Dios habla. Nos hace tomar al Niño con su madre, es decir, Dios se nos hace cercano, compañero de camino, reforzando nuestra fe, esperanza y caridad. Y nos hace salir de noche hacia Egipto, es decir, nos invita a no tener miedo ante nuestra propia vida, que con frecuencia se llena de noches difíciles de iluminar.

Estos niños mártires, hoy, también tienen nombres concretos en niños, jóvenes, parejas, personas mayores, inmigrantes, enfermos... que piden la respuesta de nuestra caridad. Así nos lo dice San Juan Pablo II: «En efecto, son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan a la sensibilidad cristiana. Es la hora de una nueva imaginación de la caridad, que se despliegue no sólo en la eficacia de las ayudas prestadas, sino también en la capacidad de hacernos cercanos y solidarios con el que sufre».

Que la luz nueva, clara y fuerte de Dios hecho Niño llene nuestras vidas y consolide nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad.

Día litúrgico: 27 de Diciembre: San Juan, apóstol y evangelista

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Día litúrgico: 27 de Diciembre: 
San Juan, apóstol y evangelista

Texto del Evangelio (Jn 20,2-8): El primer día de la semana, María Magdalena fue corriendo a Simón Pedro y a donde estaba el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó.


Comentario por el 
Rev. D. Manel VALLS i Serra
(Barcelona, España)

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 «Vio y creyó»

Hoy, la liturgia celebra la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista. Al siguiente día de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta del primer mártir de la fe cristiana, san Esteban. Y el día después, la fiesta de san Juan, aquel que mejor y más profundamente penetra en el misterio del Verbo encarnado, el primer “teólogo” y modelo de todo verdadero teólogo. El pasaje de su Evangelio que hoy se propone nos ayuda a contemplar la Navidad desde la perspectiva de la Resurrección del Señor. En efecto, Juan, llegado al sepulcro vacío, «vio y creyó» (Jn 20,8). Confiados en el testimonio de los Apóstoles, nosotros nos vemos movidos en cada Navidad a “ver” y “creer”.

Uno puede revivir estos mismos “ver” y “creer” a propósito del nacimiento de Jesús, el Verbo encarnado. Juan, movido por la intuición de su corazón —y, deberíamos añadir, por la “gracia”— “ve” más allá de lo que sus ojos en aquel momento pueden llegar a contemplar. En realidad, si él cree, lo hace sin “haber visto” todavía a Cristo, con lo cual ya hay ahí implícita la alabanza para aquellos que «creerán sin haber visto» (Jn 20,29), con la que culmina el vigésimo capítulo de su Evangelio.

Pedro y Juan “corren” juntos hacia el sepulcro, pero el texto nos dice que Juan «corrió más aprisa que Pedro, y llegó antes al sepulcro» (Jn 20,4). Parece como si a Juan le mueve más el deseo de estar de nuevo al lado de Aquel a quien amaba —Cristo— que no simplemente estar físicamente al lado de Pedro, ante el cual, sin embargo —con el gesto de esperarlo y de que sea él quien entre primero en el sepulcro— muestra que es Pedro quien tiene la primacía en el Colegio Apostólico. Con todo, el corazón ardiente, lleno de celo, rebosante de amor de Juan, es lo que le lleva a “correr” y a “avanzarse”, en una clara invitación a que nosotros vivamos igualmente nuestra fe con este deseo tan ardiente de encontrar al Resucitado.

Día litúrgico: 26 de Diciembre: San Esteban, protomártir

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Día litúrgico: 26 de Diciembre: 
San Esteban, protomártir

Texto del Evangelio (Mt 10,17-22): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará».

Primer Comentario por  
Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM
(Barcelona, España)

«Os entregarán a los tribunales y os azotarán»

Hoy, recién saboreada la profunda experiencia del Nacimiento del Niño Jesús, cambia el panorama litúrgico. Podríamos pensar que celebrar un mártir no encaja con el encanto navideño… El martirio de san Esteban, a quien veneramos como protomártir del cristianismo, entra de lleno en la teología de la Encarnación del Hijo de Dios. Jesús vino al mundo para derramar su Sangre por nosotros. Esteban fue el primero que derramó su sangre por Jesús. Leemos en este Evangelio como Jesús mismo lo anuncia: «Os entregarán a los tribunales y (…) seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio» (Mt 10,17.18). Precisamente “mártir” significa exactamente esto: testigo.

Este testimonio de palabra y de obra se da gracias a la fuerza del Espíritu Santo: «El Espíritu de vuestro Padre (…) hablará en vosotros » (Mt 10,19). Tal como leemos en los “Hechos de los Apóstoles”, capítulo 7, Esteban, llevado a los tribunales, dio una lección magistral, haciendo un recorrido por el Antiguo Testamento, demostrando que todo él converge en el Nuevo, en la Persona de Jesús. En Él se cumple todo lo que ha sido anunciado por los profetas y enseñado por los patriarcas.

En la narración de su martirio encontramos una bellísima alusión trinitaria: «Esteban, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios» (Hch 7,55). Su experiencia fue como una degustación de la Gloria del Cielo. Y Esteban murió como Jesús, perdonando a los que lo inmolaban: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7,60); rezó las palabras del Maestro: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc, 23, 34).

Pidamos a este mártir que sepamos vivir como él, llenos del Espíritu Santo, a fin de que, fijando la mirada en el cielo, veamos a Jesús a la diestra de Dios. Esta experiencia nos hará gozar ya del cielo, mientras estamos en la tierra.

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Segundo Comentario por el
+ Rev. D. Joan BUSQUETS i Masana
(Sabadell, Barcelona, España)

«Os entregarán a los tribunales y os azotarán»

Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de su primer mártir, el diácono san Esteban. El Evangelio, a veces, parece desconcertante. Ayer nos transmitía sentimientos de gozo y de alegría por el nacimiento del Niño Jesús: «Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). Hoy parece como si nos quisiera poner sobre aviso ante los peligros: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán» (Mt 10,17). Es que aquellos que quieran ser testimonios, como los pastores en la alegría del nacimiento, han de ser también valientes como Esteban en el momento de proclamar la Muerte y Resurrección de aquel Niño que tenía en Él la Vida.

El mismo Espíritu que cubrió con su sombra a María, la Madre virgen, para que fuera posible la realización del plan de Dios de salvar a los hombres; el mismo Espíritu que se posó sobre los Apóstoles para que salieran de su escondrijo y difundieran la Buena Nueva —el Evangelio— por todo el mundo, es el que da fuerzas a aquel chico que discutía con los de la sinagoga y ante el que «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hch 6,10).

Era un mártir en vida. Mártir significa “testimonio”. Y fue también mártir por su muerte. En vida hizo caso de las palabras del Maestro: «No os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento» (Mt 10,19). Esteban, «mirando al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios» (Hch 7,55). Esteban lo vio y lo dijo. Si el cristiano hoy es un testigo de Jesucristo, lo que ha visto con los ojos de la fe lo ha de decir sin miedo con las palabras más comprensibles, es decir, con los hechos, con las obras.

Día litúrgico: La Natividad del Señor, Comentario de las tres misas

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Día litúrgico: La Natividad del Señor
 (Misa de la noche)

Texto del Evangelio (Lc 2,1-14): Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Quirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.

Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El Ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y de pronto se juntó con el Ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace».

Primer comentario
del
Mons. Jaume PUJOL i Balcells Arzobispo de Tarragona y Primado de Cataluña
(Tarragona, España)

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«La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros (Jn 1,14)»

Hoy, con la sencillez de niños, consideramos el gran misterio de nuestra fe. El nacimiento de Jesús señala la llegada de la "plenitud de los tiempos". Desde el pecado de nuestros primeros padres, el linaje humano se había apartado del Creador. Pero Dios, compadecido de nuestra triste situación, envió a su Hijo eterno, nacido de la Virgen María, para rescatarnos de la esclavitud del pecado.

El apóstol Juan lo explica usando expresiones de gran profundidad teológica: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios» (Jn 1,1). Juan llama "Palabra" al Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad. Y añade: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14).

Esto es lo que celebramos hoy, por eso hacemos fiesta. Maravillados, contemplamos a Jesús acabado de nacer. Es un recién nacido… y, a la vez, Dios omnipotente; sin dejar de ser Dios, ahora es también uno de nosotros.

Ha venido a la tierra para devolvernos la condición de hijos de Dios. Pero es necesario que cada uno acoja en su interior la salvación que Él nos ofrece. Tal como explica san Juan, «a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1,12). ¡Hijos de Dios! Quedamos admirados ante este misterio inefable: «El Hijo de Dios se ha hecho hijo del hombre para hacer a los hombres hijos de Dios» (San Juan Crisóstomo).

Acojamos a Jesús, busquémosle: solamente en Él encontraremos la salvación, la verdadera solución para nuestros problemas; sólo Él da el sentido último de la vida y de las contrariedades y del dolor. Por esto, hoy os propongo: leamos el Evangelio, meditémoslo; procuremos vivir verdaderamente de acuerdo con la enseñanza de Jesús, el Hijo de Dios que ha venido a nosotros. Y entonces veremos cómo será verdad que, entre todos, haremos un mundo mejor.

Segundo Comentario
del
Rev. D. Ramon Octavi SÁNCHEZ i Valero
(Viladecans, Barcelona, España)


«MISA DE LA NOCHE 
(Evangelio: Lc 2,1-14) Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor»

Hoy, nos ha nacido el Salvador. Ésta es la buena noticia de esta noche de Navidad. Como en cada Navidad, Jesús vuelve a nacer en el mundo, en cada casa, en nuestro corazón.

Pero, a diferencia de lo que celebra nuestra sociedad consumista, Jesús no nace en un ambiente de derroche, de compras, de comodidades, de caprichos y de grandes comidas. Jesús nace con la humildad de un portal y de un pesebre.

Y lo hace de esta manera porque es rechazado por los hombres: nadie había querido darles hospedaje, ni en las casas ni en las posadas. María y José, y el mismo Jesús recién nacido, sintieron lo que significa el rechazo, la falta de generosidad y de solidaridad.

Después, las cosas cambiarán y, con el anuncio del Ángel —«No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo» (Lc 2,10)— todos correrán hacia el portal para adorar al Hijo de Dios. Un poco como nuestra sociedad que margina y rechaza a muchas personas porque son pobres, extranjeros o sencillamente distintos a nosotros, y después celebra la Navidad hablando de paz, solidaridad y amor.

Hoy los cristianos estamos llenos de alegría, y con razón. Como afirma san León Magno: «Hoy no sienta bien que haya lugar para la tristeza en el momento en que ha nacido la vida». Pero no podemos olvidar que este nacimiento nos pide un compromiso: vivir la Navidad del modo más parecido posible a como lo vivió la Sagrada Familia. Es decir, sin ostentaciones, sin gastos innecesarios, sin lanzar la casa por la ventana. Celebrar y hacer fiesta es compatible con austeridad e, incluso, con la pobreza.

Por otro lado, si nosotros durante estos días no tenemos verdaderos sentimientos de solidaridad hacia los rechazados, forasteros, sin techo, es que en el fondo somos como los habitantes de Belén: no acogemos a nuestro Niño Jesús.

Tercer comentario
del
Rev. D. Bernat GIMENO i Capín
(Barcelona, España)

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«MISA DE LA AURORA 
(Evangelio: Lc 2,15-20) Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre»

Hoy resplandece una luz para nosotros: ¡nos ha nacido el Señor! Del mismo modo que el sol sale cada mañana para iluminar y dar vida a nuestro mundo, esta misa de la aurora, celebrada todavía con cierta oscuridad, evoca la figura del pequeño Infante nacido en Belén como el sol naciente, que viene para iluminar a toda la familia humana.

Después de María y José, fueron estos pastores del Evangelio los primeros que fueron iluminados por la presencia de Jesús Niño. Los pastores, que eran tenidos como los últimos en la sociedad. Hemos de ser pastores para acoger al Niño, y ser conscientes de nuestra nada.

Que Jesús sea luz no nos puede dejar indiferentes. Miremos a los pastores: era tan grande el gozo que sentían por lo que habían visto que no paraban de hablar acerca de ello: «Todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían» (Lc 2,19).

«Tu Salvador ya está aquí», nos dice también el profeta, y eso nos llena de alegría y de paz. Amados hermanos, esto nos falta a muchos cristianos de hoy día: hablar de Él con alegría, paz y convencimiento; cada uno desde su vocación, es decir, desde el designio eterno que Dios tiene “para mí”. Y esto será posible si previamente estamos convencidos de nuestra identidad: los laicos, religiosos y sacerdotes. Todos formamos “el pueblo santo” del que nos habla el profeta Isaías.

Fue designio de Dios que acudieran pastores a adorar al Niño Jesús. Todos somos pastores. Todos hemos de ser pobres y humildes, los últimos... Contemplando el pesebre de nuestra casa, con sus pastores de plástico o de cerámica, vemos una imagen de la Iglesia, que el profeta en la primera lectura describe como una “ciudad-no-abandonada” y como “la-que-tiene-un-enamorado” (cf. Is 62,12). En esta Navidad hagamos el propósito de amar más a nuestra Iglesia... que no es nuestra, sino de Él, y nosotros la recibimos y entramos a participar en ella como indignos siervos, y la recibimos como un don, como un regalo inmerecido. De ahí que nuestro estallido de alegría en esta Navidad ha de ser una profunda y sincera acción de gracias.




 Vista panorámica de Baiona, el Parador y su entorno. 

viernes, 17 de noviembre de 2017

Sábado XXXII del tiempo ordinario Texto del Evangelio (Lc 18,1-8):

Blog Católico de Javier Olivares, jubilado

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Día litúrgico: Sábado XXXII del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 18,1-8): En aquel tiempo, Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’».
Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».

«Es preciso orar siempre sin desfallecer»
+ Rev. D. Joan FARRÉS i Llarisó
(Rubí, Barcelona, España)
Hoy, en los últimos días del año litúrgico, Jesús nos exhorta a orar, a dirigirnos a Dios. Podemos pensar cómo los padres y madres de familia esperan que —¡todos los días!— sus hijos les digan algo, que les muestren su afecto amoroso.

Dios, que es Padre de todos, también lo espera. Jesús nos lo dice muchas veces en el Evangelio, y sabemos que hablar con Dios es hacer oración. La oración es la voz de la fe, de nuestra creencia en Él, también de nuestra confianza, y ojalá fuera también siempre manifestación de nuestro amor.

A fin de que nuestra oración sea perseverante y confiada, dice san Lucas, que «Jesús les propuso una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). Sabemos que la oración se puede hacer alabando al Señor o dando gracias, o reconociendo la propia debilidad humana —el pecado—, implorando la misericordia de Dios, pero la mayoría de las veces será de petición de alguna gracia o favor. Y, aunque no se consiga de momento lo que se pide, sólo el poder dirigirse a Dios, el hecho de poder contarle a ese Alguien la pena o la preocupación, ya será la consecución de algo, y seguramente —aunque no de inmediato, sino en el tiempo—, obtendrá respuesta, porque «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche (...)?» (Lc 18,7).

San Juan Clímaco, a propósito de esta parábola evangélica, dice que «aquel juez que no temía a Dios, cede ante la insistencia de la viuda para no tener más la pesadez de escucharla. Dios hará justicia al alma, viuda de Él por el pecado, frente al cuerpo, su primer enemigo, y frente a los demonios, sus adversarios invisibles. El Divino Comerciante sabrá intercambiar bien nuestras buenas mercancías, poner a disposición sus grandes bienes con amorosa solicitud y estar pronto a acoger nuestras súplicas».

Perseverancia en orar, confianza en Dios. Decía Tertuliano que «sólo la oración vence a Dios».

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Día de TODOS LOS SANTOS. P. Javier Leoz,

Blog Católico de Javier Olivares, jubilado

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¿SEGUIR A JESUS? ¡POR QUÉ NO!  Por Javier Leoz


¿SEGUIR A JESUS? ¡POR QUÉ NO!  Por Javier Leoz

1. - En esta festividad de Todos los Santos, hemos de caer en la cuenta de una gran herencia: ser santo significa participar de la santidad de Dios. Un cristal por el que, la presencia del Señor, se ve nítidamente por las obras o un balcón abierto por el que, cuando se asoma, se escucha en toda su pureza la Palabra que nos ilumina.

Celebrar esta fiesta es sentirnos fascinados por lo alto. Cuando ascendemos a las montañas vienen a nuestros ojos imágenes de valles y de ríos, de cielos estrellados o de horizontes lejanos. En esta jornada de Todos los Santos no nos conformamos con subir a los cerros. Trepamos más arriba. Elevamos nuestros ojos a esa realidad que ha sido la razón y el motor, el existir y el triunfo definitivo de tantos hombres y mujeres que se dejaron seducir por la beldad de Dios. No se conformaron con lo que encontraban en el suelo, con las propuestas caducas de felicidad, con los atajos traicioneros. Los santos apostaron fuerte: descubrieron que Dios era lo máximo y dieron firme testimonio de El.

2.- ¿Es posible seguir a Jesús en estos tiempos?- ¿Está de moda ser santo? Interrogantes que sólo esperan y merecen una respuesta: ¡SI! ¡Es posible seguir a Cristo en medio de tanta mediocridad! ¿Cómo? Siendo diferentes a los modelos que nos propugna una sociedad saturada de falsos ídolos pero necesitada de auténticos referentes de justicia y de paz, de amor y de verdad. ¿Acaso podremos encontrar la santidad en las revistas que aceleran y confunden el corazón? ¡No! Las bienaventuranzas son, hoy más que nunca, “la cosmética esencial” para cuidar el alma y el rostro de un cristiano. Para saber si estamos en onda con Jesús de Nazaret. Para comprobar si, nuestros anhelos de santidad, son ciertos o –por el contrario- se quedaron en buenos propósitos.

Es posible seguir a Jesús porque, otros hermanos nuestros (también de carne y hueso, no de yeso o madera) lucharon por ello y, entre otras cosas, fueron inmensamente felices así. Es más, cerraron los ojos al mundo, y están viendo –cara a cara- a ese Dios con el cual tanto soñaron, por el que tanto se desvelaron y por el cual dieron hasta el último suspiro.

3.- ¿Dónde está entonces el secreto de la felicidad de Todos los Santos? En la belleza interior. Como nosotros tuvieron un punto de salida (el Bautismo) pero se tomaron como una fascinante tarea el llegar a la santidad desde Dios y sin olvidar nunca a Dios.

-Unos, sin quererlo, no pasaron desapercibidos. Fueron exigentes consigo mismos y dejaron huella allá por donde caminaron. Fueron fuego vivo y, desde lejos, se veía el humo de su vida cristiana.

-Otros, porque así lo quisieron, brillaron sólo para Dios. Tan sólo El, hoy seguimos sin saberlo nosotros, conoce quienes son, en qué altar de tierra o perdidos en el ancho horizonte se encuentran. Pero…fueron santos. Fueron brisa suave...pisada sin ruido….

Y, en medio de todo ello, nosotros. ¡Sí! ¡Nosotros! También estamos convocados a no quedarnos bajo mínimos. Podemos alcanzar altas cotas de perfección y de santidad, de caridad y de amor, de alegría verdadera y de esperanza cristiana.

4.- Mirar o festejar a estos grandes deportistas de la fe (conocidos o anónimos) no significa quedarnos en una simple contemplación (sería una traición a su gran obra). Honrar la memoria de Todos los Santos es recoger la antorcha que ellos sostuvieron en sus manos: la adhesión a Jesucristo muerto y resucitado, y saber crecer espiritualmente aún en medio de defectos o debilidades. ¿Cómo? Optando claramente, una y otra vez, por el camino de la conversión, la reconciliación y el perdón.

¿A que es posible? ¡Todos los Santos…nos dicen que sí! ¡Avancemos por el sendero que ellos nos dejaron iluminado!


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5.- ¿QUIÉNES SON TODOS LOS SANTOS?

Son, ni más ni menos, aquellos que en la Montaña de las Bienaventuranzas encontraron y renovaron, una y otra vez, su pasión y su carnet de identidad.

Los que, abriendo la ventana de su corazón, permitieron que entrase la luz divina y, con esa luz eterna, agradar totalmente a Dios sin olvidar al hombre.

Son, esos hermanos nuestros, que sin hacer cosas extraordinarias fueron grandes por su inmensa sencillez; en la oscuridad, nunca se cansaron de buscar al Señor y en la luz del mundo, nunca lo dejaron perder.

¿QUIÉNES SON TODOS LOS SANTOS
?
Son aquellos/as que fueron fieles al Señor sin doblegarse o arrodillarse a los pies de otros dioses.

Los que, en el sufrimiento, nunca se acobardaron y, en el éxito, no quisieron dar la espalda al Evangelio.

Los que, ante la injusticia, eran altavoz de los que no tenían voz o los que, ante la pobreza, sabían sembrar a Dios como riqueza

¿QUIÉNES SON TODOS LOS SANTOS?

Tal vez los que, sin levantar mucho ruido, hicieron un bien inmenso en tantos hombres y mujeres del mundo.

Aquellos que, en la soledad, acompañaron con horas sin término.

Los que, obligados a renunciar a su fe, prefirieron el martirio.
Los que, enmudecidos por muchos intereses, nunca callaron.
Los que, presionados por la hostilidad, sólo predicaron la paz.

¿QUIÉNES SON TODOS LOS SANTOS?

Son los que, lejos de dejarse seducir por la palabrería barata se dejaron llevar por la Palabra de Jesucristo.

Son los que, tentados por los mil sabores de la tierra no quisieron jamás apartarse del alimento del cielo: la Eucaristía.

Son los que, perseguidos por proclamar la verdad se crecieron y fueron fuertes hasta el último instante de sus vidas.

Son los que, además de amar con pasión la creación, nunca olvidaron que, Alguien, era su Creador

¿QUIÉNES SON TODOS LOS SANTOS?

Son los que pretendieron un mundo diferente atravesado por la estrella de la fe e iluminado por el Espíritu Santo.

Los que esperaron y soñaron con Dios como recompensa final.
Los que, sin ser entendidos ni comprendidos, han sido recibidos con un abrazo gratificante en el cielo.

Los que, con su vida y en su vida, por su vida y desde su vida quisieron y disfrutaron llevando a Dios hasta lo más hondo de su existencia.

Esos son… nuestros santos.

P. Javier Leoz